Si la suerte tiene un nombre

Nunca serás metáfora porque ya eres vida.
La inconformista, la radical,
la que te escupe con la crueldad
de quien recrimina porque rabia
al leer las noticias.
La que no abre un periódico por no echarse a llorar.
La que se encierra, la que sale a gritar libertad porque no la siente.
La que siente de más, la que no echa de menos;
la que no está loca aunque el sistema la crea así.
Y sigue amando, sigue creciendo, caminando
siempre sola, siempre sin miedo.
Y yo a su sombra, aprendiendo de lo pequeño que me ha dado la vida.
Podría yo misma encajar en estas letras, pero no es al espejo a quien me dirijo.
A la persona que siempre me ha dado la mano
cuando el mundo me daba la espalda,
cuando me costaba respirar llorando como una huérfana
que no tiene ni padres, ni infancia
a causa del asma, a causa de ausencias.
Si al final resulta que es cierto eso de que estamos incompletos,
condenados a buscar nuestra otra mitad,
que me quiten la pena,
que hace años que hago de ti el libro que equilibra mi cojera.
Los paseos en manta, en la tienda rosa,
las muñecas rotas y los pósters cutres sobre mi cama
son el espacio de una infancia que mis hijas, si las tuviera, envidiarían.
Que no es por presumir de ti, niña,
que yo soy tuya desde tu primera mirada,
pero no sé lo que daría por tenerte a ti de hermana.
Si la suerte tiene un nombre es el tuyo, María.


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