Creo que es la primera vez que no derramo una lágrima porque me han fallado. "No esperes nada de nadie", me decían. "Luego llegarán las decepciones". Y llegaron. Y llegué a un límite. Hubo un momento determinado en mi vida en el que decidí aceptar este consejo y tomármelo muy en serio.
Aunque casi nadie lo reconozca, todos, y recalco, TODOS, somos egoístas. En mayor o en menor medida, poseemos algo de egoísmo en nosotros. Y hay quien se niega a aceptar este aspecto. Los que lo niegan, son las peores personas que puedas encontrar. Niegan su propio egoísmo a la vez que lo afirman con sus hechos. Una llamada ignorada, un mensaje sin respuesta, un "si me necesitas, dímelo",... Y todo eso, ¿para qué? Para acabar dando todo lo que esté en tu mano por hacer que el egoísta cambie, y se dé cuenta de que no siempre en la vida lo van a tratar con la punta del zapato. Y es que el problema de los egoístas no reconocidos es, que por mucho que te esfuerces, por mucho que trates de ayudarlos, por mucho que los quieras, ellos nunca te verán de la misma forma que tú los ves a ellos. Nunca verás un atisbo de humildad, incluso, ni te querrán escuchar.
Si yo fuera una persona rencorosa diría "¿Sí? Pues ahora voy a ser la más hija de puta con todos porque estoy harta de dar sin recibir". Llamadme tonta, pero no lo creo así. Soy tan imbécil que sigo creyendo en la humanidad de las personas. Y no me importa que me hayan fallado veinte, treinta veces o toda mi vida. Sé que habrá alguien que piense como yo, y no pienso parar hasta encontrarlo.




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