La dictadura de la ignorancia

Le pisé el corazón sin querer. No latía, ni sangraba. No tenía nada en su interior. No era amor. Y me resbalé. Hubiese pisado una mierda y habría sonado igual.

Cree que mi película favorita es Titanic. Por eso de que soy una pastelosa y no me hace falta ir en barco para hundirme sola.
Ha sonado mi canción favorita en la radio y me ha pedido que la apague. Perdone, pero este baile no le pertenece. Ni estos pies descalzos. Ni estas piernas que tanto manosea. Ni estas ganas. Ni esta sonrisa de juguete, que se ha vuelto a torcer para escupirle en la cara.

No se busque en mí. ¿Acaso no ve que todo lo que algún día fui hoy está en ruinas?
Ha intentado robarme. Aquí, a mi izquierda. Y ha dado un golpe de estado al encontrar un jardín seco y amarillento. Se proclama dueño de esta mierda; pretende que llueva en medio de la sequía. Es tristeza, pena, resentimiento... Y más platos rotos que caerán en esa tormenta. 
Llévese si quiere algún recuerdo, de los bonitos, que los malos ya me los quedo yo. Que no hay peor ciego que el que no quiere ver y voy a acabar tirándole todos esos pedacitos grises para que despierte.

Podría descolgar el teléfono. Marcar su número. Clavarme cada segundo de espera en la cabeza. Para acabar rota al ritmo del contestador (o muerta de risa, seamos sinceros).
También podría cortarme las manos. Y dejar de sacar platos sucios. Pero no le daré el gusto de destruirme, hoy no me invade el orgullo y no me iré sin mostrarle el dedo corazón.
Prefiero poner mi disco favorito, el que ni se ha molestado en escuchar. Porque no sabe ni con qué canción lloro. Ni cuál es mi preferida. Ni mi grupo favorito. Ni las veces que me he escapado de la ciudad para saltar en algún concierto...

Seamos honestos; no sabe una mierda sobre mí. Y aún se pregunta por qué no me gusta. Mientras me pide que apague la radio.


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