Empezaba un día del que podía decir con los ojos cerrados que no iba a ser más claro porque los abriera. Uno de esos días en los que se sacrifica la calidez debajo del edredón por la certeza de que fuera no se encontrará nada más satisfactorio que obligaciones que cumplir. Uno de esos días en los que uno intenta constantemente convencerse de que le ha tocado algo bueno, de que todo va bien, de que no se puede quejar. Eso era lo peor de esos días: que aburrían sin descanso, desde el despuntar del alba hasta la liberación al abrazarse a la almohada al caer la noche, y uno no podía quejarse; porque las cosas le iban bien.


La huella de un beso, Daniel Glattauer

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